Antes de estudiar cómo nos está limitando la legislación actual sobre propiedad intelectual, conviene considerar qué podría hacerse en su ausencia. Estamos tan habituados a ella, que a veces cuesta darse cuenta de que, por muy legítima que sea, y por muchos beneficios que nos pudiera estar proporcionando, es probablemente la mayor intromisión en la libertad individual que tenemos en las sociedades democráticas. Pero como a muchos esta afirmación les parecerá completamente exagerada, imaginemos por un momento ese mundo donde esta legislación no existiera, e imaginemos qué podríamos hacer con la información que recibiéramos en cualquier formato.
Inmediatamente nos damos cuenta de que la información se comporta, a efectos de su ``consumo'', de forma muy diferente a los bienes materiales. Si yo tengo una manzana, y se la doy a alguien, ya no puedo comerla, ni dársela a un tercero. Pero si tengo un programa de ordenador, una novela en formato electrónico o la grabación digital de una canción, la máquina perfecta de copia de la que hablábamos hace un poco (la suma de la informática más Internet) me permite darle una copia a quien quiera, seguir ``consumiendo'' la obra cuantas veces quiera, y seguir repartiendo más copias en el futuro. Ninguno de los que interviene en una ``transacción'' de información (ni quien la recibe, ni quien la ``da'') está en principio motivado para impedirla aunque no reciba contraprestación6. Quien la recibe, porque queda claramente beneficiado. Quien la da, porque no pierde nada, y quizás gane algo, aunque sólo sea en términos de agradecimiento del receptor. Esto marca una diferencia muy importante con respecto a los objetos físicos. Ahí sí hay motivos claros para no ``cederlos'' a otra persona: si lo haces, te quedas sin él. Mientras que cualquiera que tenga un objeto físico puede estar motivado para defender su ``propiedad'' sobre él, quien tenga un documento digital no tendrá, en general, motivos para oponerse a que otros obtengan copias7.
Hace mucho tiempo, la aparición de la escritura hizo posible reproducir con fidelidad absoluta cualquier texto, y la humanidad tuvo la primera máquina de copia perfecta de información, aunque con un coste alto (alguien tenía que hacer la transcripción). Como ya se ha comentado, la imprenta cambió radicalmente la situación, pero sólo en ciertos casos. Por ejemplo, no ayudaba mucho a que un individuo cualquiera sacase tres o cuatro copias de su novela para repartirlas entre algunos amigos.
Hasta muy recientemente en la historia podemos decir que esta digresión sobre las transacciones de información era ``teórica''. Aunque cualquier individuo tuviera permitido realizar copias, para la mayoría de las obras intelectuales el proceso sólo era en realidad viable para ciertas entidades: los editores, que tenían equipamiento adecuado para hacerlo a bajo coste8. Así, podemos considerar que cuando las leyes de propiedad intelectual prohibían la realización de copias sin permiso del autor, el público en general no renunciaba más que a un derecho que raramente podía ejercer. Además, siempre quedaba, en la mayoría de las legislaciones, el derecho de copia privado (que tampoco tenía mucho sentido real, salvo para pequeños fragmentos, o para copias con pérdida de calidad).
Repasada la situación con respecto a las transacciones de información, la legislación sobre propiedad intelectual surge como una forma de promover la producción de nuevas obras, en calidad y cantidad suficiente para las demandas de la sociedad9. Si la entendemos como un equilibrio entre lo que pierde y lo que gana el consumidor de información (y la sociedad en general), parece claro que a cambio de unas ciertas pérdidas (no realizar cierto tipo de copias que de todas formas sería difícil hacer, soportar monopolios comerciales en el mercado de publicaciones para una obra dada, etc.) se obtienen unas ganancias claras (el control de la información que tienen los autores, y sobre todo los editores, les puede permitir hacer copias suficientes como para abastecer el mercado adecuadamente). El balance global parece adecuado.